Un
día me levanto tarde, despreocupado de la hora porque no debía ir a ninguna
parte. Todavía el sol alumbraba con calor aunque deberían faltar unas horas
para el ocaso. Paso por el baño para despabilarme mientras pensaba en tomar
unos mates para fumar unos cigarrillos tranquilo. Cuando llego al comedor
encuentro a mi hermano con un vecino tomando una cerveza, conversando
trivialidades. La idea de tomar unos mates desapareció como si nunca hubiera
existido. Entonces me uno a ellos, impulsado por la empatía más natural.

“Es
lo mismo”, responde mi hermano, mientras que mi vecino asiente con alguna
indiferencia. Me tranquilizó asegurarme que sus neuronas no estaban severamente
dañadas y se trataba de otra circunstancia por completo desinteresada. Entonces
me relajo, tomo una jarra de vidrio con un diseño personalmente seleccionado y
me refresco con una rubia a punto.
No
sé si habrá sido por un acto de reflexión o la picardía de contrariar en una
conversación. Pero la desilusión me invadió pocos segundos después cuando me
dijo "es mejor el plástico que el vidrio".
Estás
completamente equivocado, le dije. No es una cuestión de nivel cultural tomar
en recipientes vidriosos, es completamente funcional. El vidrio es unos de los
materiales que mejor aíslan el calor.
Por
su absoluta obstinación me retó con una apuesta, insignificante por su valor
económico pero altamente respetable en cuanto a lo emocional. Un atado de
cigarrillos para el que tenga razón.
Los
primeros argumentos. ¿Por qué te parece que el envase de cerveza se
comercialice en botellas de vidrio?, le dije. Porque es más rentable y puede
reciclarse, me respondió. Bien, no puedo negarlo conociendo la psicología
general de las empresas. Sin embargo, sin defender el argumento, se me ocurrió
que podría ser más económico un envase de plástico. De todas maneras no era un
argumento sólido y confiaba en las ciencias iban a apoyarme.
La
postura que sostiene mi hermano se basa fundamentalmente en que la transmisión
de la temperatura tarda más tiempo en un contenedor plástico. Cuando uno se
sirve un líquido frío en una copa de este estilo no se percibe el frío con las
manos. En cambio en un contenedor de vidrio el frío aparece inmediatamente. No sé
a qué pudiera deberse este fenómeno, pero al fin y al cabo estuvimos de acuerdo
en que no íbamos a descubrir nada, sino que las propiedades ya se conocen. Sólo
teníamos que averiguarlas.
Googleamos.
Los factores más importantes, o por lo menos los que generalmente se tienen en
cuenta cuando se trata de la aislación térmica son la conductividad y el
espesor del material. Cuanto más grueso es el aislante, más efectivo será. La conductividad es una propiedad
que depende de la composición molecular del material.
El
coeficiente de conductividad del vidrio es de 0.6 - 1. Mientras que el
coeficiente del polietileno, el material con el que probablemente se haya
fabricado la copa, es de 0.42 - 0.51. Según estos valores, si los recipientes
fueran iguales, el plástico es mejor aislante. Pero el chopp de vidrio tiene un
espesor por lo menos del doble que la copa.
Si
no replanteo el problema voy a terminar perdiendo. Así que en vez de centrarme
en las propiedades generales de los materiales voy a volver a los dos objetos.
No es absolutamente arbitrario ya se la discusión se originó en ellos y no
tenemos muchas más opciones que nuestros recipientes. La prueba final y
determinante tiene que ser la experimentación. No creo poder convencerlo de
otra manera que mostrándoselo a sus propios ojos, si es que tengo razón. Ya no
estoy tan seguro...
Al
fin llega la noche de la prueba final. Preparo las condiciones del laboratorio.
Hago un par de pizzas y enfrío unas cuantas cervezas en la heladera. La noche
era calurosa y soportábamos una alta humedad, una fuerte tormenta nos pasaba horizontalmente
a nos muchos kilómetros hacia el norte. Se podía ver cómo descargaba los rayos
con furia en vaya a saber qué pueblo desafortunado.
El
ambiente que se había generado era más bien tenso, razón por la cual decidimos
destapar una cerveza mientras crecían los bollos. Encontramos una película
fantástica por el cable y nos repanchigamos en el sillón. Después de un par de
cervezas y la cena servida estaba todo listo para iniciar la práctica. Nos
pasamos a la mesa, nos servimos en los objetos de discusión y comimos
distraídamente. En algún momento aparecen un par de amigos que servirían de
testigos oculares en la operación. No tengo la certeza de la cantidad de veces que
volvimos a servirnos antes de darnos cuenta de lo que estábamos haciendo. Pero
en un momento a ambos nos quedaba prácticamente un trago a cada uno. Entonces
le propongo que hagamos la prueba y terminemos con esto de una vez por todas.
Hacemos partícipes a los recién llegados, comentándoles de qué se trataba el
hecho. Medimos la temperatura del líquido con los labios. En la jarra de vidrio
la cerveza estaba completamente fría, como recién servida; en cambio, en la
copa de plástico parecía meada de elefante. Era tan alto el contraste y tan
evidente mi triunfo que mi hermano desprestigió el resultado acatando a la
igualdad de condiciones. Como no estaba prestando atención no sabía si había
pasado el mismo tiempo desde que nos servimos, y la verdad, no podría afirmarlo
tampoco. Para mi bien, el compañero que tenía sentado a mi izquierda afirma la superioridad
del vidrio. Pero, arruinándolo todo, entra en consideración la opinión del
muchacho sentado a la derecha de mi hermano; según quien, el vaso de metal con
el que estaba tomando su aperitivo es el mejor recipiente térmico.